miércoles, 9 de junio de 2010
jueves, 3 de junio de 2010
EL efecto Sombra-Tus Zonas Oscuras. [1-7]
Somos un mundo por descubrir. Estamos aquí, en esta aventura extraordinaria y cotidiana, para ir dilucidando quiénes somos. Dilucidar es iluminar; iluminar es ver con más claridad, con más compasión, con más verdad. A medida que comprendemos de qué va este juego extraño y sagrado que llamamos vida, vamos encendiendo más estancias de nuestro palacio interior, descorriendo las gruesas cortinas que impedían que los rayos de sol penetraran a través de los ventanales y bañaran de luz los rincones olvidados.
Dentro de nosotros existe un guardián del palacio. Un ser leal y asustado a partes iguales, que mantiene cerradas bajo llave algunas de las estancias más antiguas, convencido de que albergan espíritus malignos capaces de hacernos daño. Durante años, quizás durante toda una vida, ha custodiado esas puertas con devoción y con terror. No lo hace por crueldad. Lo hace por amor.
Entonces ocurre algo que no estaba previsto: la princesa dormida despierta.
Despierta de su largo y profundo letargo, se despereza despacio, como quien regresa de un sueño que duró demasiado, y comienza a caminar dulcemente por el magnífico palacio que siempre fue suyo. Y así, en uno de esos corredores de luz oblicua y polvo flotante, encuentra al guardián. Lo mira. Lo mira con una curiosidad que no juzga y con un amor que no exige nada. Y el guardián —ese guardián que había permanecido fiel durante siglos, enamorado hasta la médula de su señora dormida— sucumbe ante la sobrecogedora belleza de quien ha estado protegiendo sin que ella lo supiera. Con manos que tiemblan un poco, le hace entrega de la llave.
La llave de las estancias oscuras, misteriosas y olvidadas.
La princesa introduce la llave oxidada por el tiempo en la enigmática cerradura, empuja la enorme puerta de madera labrada —en cuya superficie miles de escenas talladas narran batallas entre la vida y la muerte, entre lo humano y lo imposible— y aguarda. El chirrido al abrirse parece durar demasiado. Reina entonces la oscuridad. Las sombras. El olvido con su olor a tiempo cerrado.
Pero la princesa lleva en sus manos una vela blanca.
La enciende con esmero y avanza lentamente, abriéndose paso entre las sombras alargadas. No se detiene ante el estremecedor clamor que cree escuchar: las almas perdidas, el suplicar de voces sin nombre, las manos huesudas y oscuras que parecen levantarse desde los rincones. Sigue caminando. Se dirige hacia el ventanal cubierto por espesas y pesadas cortinas.
Con su mano blanca y tranquila, descorre primero la cortina hacia la derecha. Y la luz entra con tanta fuerza que casi pierde la visión por un instante. Luego descorre la cortina hacia la izquierda, despejando por completo el gran ventanal con vistas al bosque verde y misterioso.
La luz lo inunda todo.
Y entonces —entonces— las manos huesudas que clamaban en la oscuridad ya no son manos. Nunca lo fueron. Son rosas secas que asomaban decaídas y marchitas de un viejo jarrón de porcelana china. Solo rosas secas. Solo el rastro de algo que una vez fue vivo y bello, y que el olvido convirtió en miedo.
La princesa abre la ventana. El aire fresco entra con aroma a tierra húmeda y a hierba, y lo llena todo de mundo exterior, de posibilidad, de presente. La princesa comienza a danzar. Y el guardián, que la mira embobado con el pecho repleto de un amor que no sabe cómo nombrar, se une a ella. También él comienza a danzar.
Llegará la noche, como siempre llega. Y desde ese ventanal abierto, ambos podrán contemplar el cielo oscuro, y la luna, y las estrellas que convocan la gran danza de luces y sombras. También ellos participarán de esa danza. Pero ya no habrá miedo. Porque habrán aprendido lo que acaso siempre supieron: que lo que mora en la oscuridad no son los monstruos que imaginamos, sino las partes más tiernas y vulnerables de nosotros mismos, esperando únicamente que alguien llegue con una vela a buscarlas.
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